En el imaginario popular del campo entrerriano, pocos mitos tienen tanta vigencia y misterio como La Solapa. Este duende o criatura mitológica, muy mentado en los escenarios rurales de nuestra provincia, cuenta con diversas formas y representaciones según la zona que se recorra, pero siempre con un mismo propósito.
En la cultura musical litoraleña, Santos Tala la inmortalizó en su célebre composición describiéndola como una figura “toda vestida de blanco… con su sombrero grandote”. Sin embargo, el relato cambia de ropaje según la geografía: en la zona de Nogoyá, por ejemplo, se la caracteriza como una especie de águila gigante que acecha desde las alturas para atrapar y llevarse a los chicos que andan solos.
El terror de las siestas de verano
El verdadero terreno de juego de La Solapa es la tradicional siesta entrerriana, especialmente durante los meses de verano. Es en esas horas de sol implacable cuando los gurises, aprovechando el descanso de los mayores, se escapan al campo a “hacer de las suyas”: cazar pájaros con la honda, probar suerte con la pesca o tirarse a nadar en algún arroyo.
Todas estas andanzas conllevan peligros reales, desde accidentes en el agua hasta insolaciones por las altas temperaturas de la primera tarde. “Gurisito entrerrianito / no andés trotiando a lo iguana …Revisando los niditos”, advertía con sabiduría la copla de Santos Tala. De esta manera, el mito funciona como un mecanismo de control y protección creado por los adultos para resguardar a los más chicos de los riesgos del entorno rural.
Distintas caras para un mismo espanto
La apariencia de esta criatura no es unificada y varía notablemente según el relato de los pueblos:
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La versión de la selva de Montiel y alrededores: Algunos autores y recopiladores de la provincia la describen más bien como una anciana de aspecto descuidado, vestida completamente de negro y cargando una pesada bolsa de leña en la espalda.
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La variante santafesina: Al cruzar el río, el mito también encuentra eco en la vecina provincia de Santa Fe, aunque allí muta hacia un duende de contextura diminuta —apenas de la altura de una calabaza o “bocha”— y con una llamativa piel de un color amarillo intenso.
Más allá de la ropa blanca, el plumaje de ave o el manto negro, La Solapa sigue siendo el gran fantasma de la siesta, un personaje clave para entender cómo las leyendas entrerrianas se tejen con las costumbres y el cuidado de los nuestros.
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