El 20 de mayo de 1946, un decreto del gobierno nacional marcó un antes y un después para la fisonomía rural del sur del departamento Uruguay. A través de esta medida, se declararon de utilidad pública y sujetos a expropiación extensos campos con el objetivo de fundar la colonia agrícola El Potrero.
Esta iniciativa se amparaba en la Ley 12.636 de transformación agraria (sancionada en 1940), una normativa impulsada por el entonces diputado entrerriano Bernardino Horne, quien además había dado vida al Consejo Agrario Nacional. El plan oficial buscaba reactivar la productividad de los grandes latifundios aptos para la agricultura y fomentar el arraigo de las familias en el campo. Se trataba, en el fondo, de la continuidad de una histórica política de Estado en la provincia, cuyas raíces se hundían en los planes de colonización de Justo José de Urquiza en el siglo XIX y, más cerca en el tiempo, en la gestión del gobernador Luis L. Etchevehere (1931-1935), de quien Horne había sido ministro.
La rebelión de los arrendatarios contra el maltrato de las estancias
Durante la primera mitad del siglo XX, el grueso de la producción agrícola de la región dependía de peones y aparceros. Estos labriegos cultivaban parcelas ajenas bajo contratos desfavorables, lo que les impedía consolidar sus hogares o realizar inversiones a largo plazo en tierras que no les pertenecían. En la zona de El Potrero, los propietarios de las estancias se habían apresurado a armar esquemas de aparcería ante el temor latente de que el Consejo Agrario Nacional avanzara con las expropiaciones.
La tensión social acumulada estalló en 1944. Un nutrido grupo de arrendatarios, respaldados por la Federación Agraria Argentina, encabezó una masiva movilización en la zona. Los reclamos eran urgentes y exponían el duro trato de los estancieros: exigían la propiedad de la tierra, denunciaban que se les prohibía tener vacas lecheras o aves de corral para el sustento diario de sus familias y reclamaban la falta de escuelas para la educación de sus hijos.
El nacimiento de la colonia y el crisol de apellidos
Los terrenos expropiados pertenecían a las estancias “El Ñandubaysal”, “El Mangrullo”, “San Martín” y “San Luis”, campos controlados en su gran mayoría por los herederos de Saturnino E. Unzué. El nombre de la colonia derivó del antiguo Potrero de San Lorenzo (bautizado así por el arroyo homónimo), un paraje que desde el siglo XVIII pertenecía a Isabel de Álzaga de Elía y que luego pasó por las manos de Urquiza y de una sociedad liderada por Anacarsis Lanús, antes de llegar a la familia Unzué.
Tras la expropiación, las autoridades realizaron la mensura de los predios —diseñados en parcelas de 50 a 100 hectáreas—, abrieron caminos internos y levantaron los alambrados. El nuevo asentamiento cobró vida gracias a familias criollas y, fundamentalmente, a descendientes de inmigrantes europeos, entre los que destacaban las corrientes de alemanes del Volga. Entre aquellos pioneros que forjaron la colonia figuran apellidos como Koch, Ferrari, Ross, Spomer, Domínguez, Sosa, Damer, Gertsner, Rinaldi, Reichel, Vitasse, Martiarena, Schneider, Lizzi, Bohl y Sack.
Poco a poco, la comunidad consolidó sus propias instituciones: se edificó la escuela primaria, un templo de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata y la capilla católica María Auxiliadora. Para 1958, el plano social sumó un hito central con la fundación del club Centro Cívico El Potrero, un espacio equipado con un gran salón que se convirtió en el epicentro de bailes, asambleas vecinales y proyecciones de cine, complementado con una cancha de fútbol y un predio para jineteadas.
De la producción al cuidado ambiental: la Reserva Potrero de San Lorenzo
La historia de estas tierras sumó un capítulo moderno en el año 2015. Una porción de los campos de la estancia original que no ingresó en la expropiación de 1946 —unas 18.000 hectáreas en total— fue reconvertida por sus propietarios en un Área Natural Protegida mediante un acuerdo con el Estado provincial.
El establecimiento actual pertenece a Marcos Jorge Celedonio Pereda Born y su esposa Azul García Uriburu. El casco del lugar atesora un imponente parque diseñado por el célebre paisajista Carlos Thays, y la ligazón artística de la propiedad es directa: Azul es hija del reconocido artista plástico Nicolás García Uriburu, una figura de vanguardia mundial recordada por sus intervenciones ecológicas, como la histórica acción de teñir de verde las aguas del Gran Canal de Venecia para alertar sobre la degradación de los ecosistemas a manos de la sociedad moderna.
Hoy, reconvertida en reserva natural, la antigua estancia busca entrelazar el pasado agrícola con las demandas del presente, transformándose en un modelo de producción sustentable y un espacio abierto a investigaciones científicas orientadas al bienestar de la comunidad.
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