El Día Mundial de la Carta Escrita a Mano, celebrado en conmemoración del nacimiento del prócer estadounidense John Hancock, cobra hoy una vigencia inusitada ante el avance arrollador de las pantallas. En un ecosistema digital dominado por la inmediatez, los textos breves y los audios efímeros de WhatsApp, se está perdiendo la pausa necesaria para el relato escrito con tiempo. Frente a esta era de lo descartable, surge la pregunta de si nos encaminamos hacia una nueva cultura ágrafa.
Sin embargo, la correspondencia epistolar guarda el valor de lo íntimo. Las cartas representan una ventana única para auscultar la mentalidad de una época y descubrir “verdades” despojadas de filtros institucionales. Incluso a comienzos del siglo XXI, el intercambio de manuscritos seguía uniendo lazos, como lo demuestra la correspondencia que conectó al pintor gualeyo Derlis Maddoni con el ámbito cultural de la región.
Bajo el influjo de Arlt: la carta de Mastronardi en 1930
Un valioso ejemplo del peso intelectual de estas piezas es el intercambio epistolar que mantuvieron durante la década de 1930 dos de las plumas más excelsas de la literatura entrerriana, Carlos Mastronardi y Juan L. Ortiz, con el escritor César Tiempo.
En una misiva fechada el 30 de enero de 1930 desde Gualeguay, el autor de Luz de provincia le confesaba a Tiempo una reciente obsesión literaria nacida tras una lectura frenética: la aparición de Los siete locos, la novela de Roberto Arlt publicada pocos meses antes.
“Me parece el ‘libro del año’. Me digo un encamotado de ese libro. En Arlt hay eso que los críticos llaman garra. Nunca lo adiviné tan poderoso”, escribía un fascinado Mastronardi.
Para el ensayista entrerriano, la obra de Arlt poseía una contextura maciza y contundente comparable con los clásicos de Honoré de Balzac o los grandes novelistas rusos. Destacaba la capacidad del autor para retratar las bajezas, el aburrimiento, la delincuencia y la desesperanza de Buenos Aires a través de personajes que buscaban angustiosamente un sentido a su existencia, oscilando siempre entre la bestialidad y la nobleza. Mastronardi elogiaba que Arlt no se quedara en la mera anécdota policial, sino que lograra trazar una visión filosófica global sobre la condición humana.
La crítica al mundillo cultural de la provincia
En la misma correspondencia, Mastronardi aprovechaba para respaldar la figura de su compañero de letras, Juan L. Ortiz. Al enterarse de que una publicación porteña preparaba un artículo sobre el poeta de Puerto Ruiz, el escritor gualeyo deslizó una feroz crítica hacia la chatura cultural de los círculos sociales de la época:
“Lo que yo me olvidé de anotar es el heroísmo que significa hacerse un mundo de arte en este ambiente. Y superar el mal gusto reinante. Pueblo de comerciantes al menudeo, solo tiene existencia reconocida aquel que persigue fines centaveros”, sentenciaba sin rodeos.
Con indignación, Mastronardi arremetía contra la “idiosincrasia secante de los aedas de abanico, de los amerengados vates de salón, de los campeones florales” que dominaban las reuniones de alta sociedad con poemas pretenciosos y vacíos. Destacaba que, debido a su humilde condición económica y su rechazo a frecuentar las elites del Club Social, “Juanele” construía una obra auténtica, alejada de esa “asqueante comedia provinciana” a la que Mastronardi deseaba propinarle una contundente desacreditación pública.
Quién fue César Tiempo, el destinatario del reclamo
El receptor de aquellas confesiones, cuyo nombre real era Israel Zeitlin, nació en Ucrania pero llegó a Buenos Aires antes de cumplir su primer año de vida, obteniendo la ciudadanía argentina en 1924. Fue una de las figuras centrales del histórico Grupo de Boedo y se alzó con el Premio Municipal de Poesía en 1930.
Durante la década de 1930, se consolidó como un joven intelectual de enorme coraje al enfrentar públicamente las posturas antisemitas del entonces director de la Biblioteca Nacional, Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría), convirtiéndose en un referente de la colectividad judía.
A lo largo de su extensa trayectoria, que incluyó la obtención del Premio Nacional de Teatro en 1937 y su posterior adhesión al peronismo, dirigió la revista cultural Columna, el suplemento literario de La Prensa en la década de 1950 y ejerció la dirección del Teatro Nacional Cervantes entre 1973 y 1975. Su archivo epistolar sigue siendo hoy un tesoro fundamental para comprender los debates que forjaron la identidad literaria del país.
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