El principal pulmón verde de la capital entrerriana atesora en sus barrancas historias que mezclan la riqueza cultural con el descuido y el delito. En un lejano domingo 23 de junio de 1935, las autoridades locales y la comunidad participaban de la recepción oficial de dos obras emblemáticas destinadas a embellecer el paseo que mira al río: la Venus saliendo del baño y el Yaguareté.
Hoy, hablar de aquellas piezas originales obliga a usar el tiempo pasado. La icónica escultura de la Venus fue robada a fines de la década de 1980 y la que se aprecia actualmente es una réplica inaugurada recién en 1998 por la artista Amanda Mayor. El mismo y triste destino delictivo sufrió la obra conocida como “Le petit pissant”, sustraída de la plaza ubicada frente a la sede costera del Club Estudiantes.
Por su parte, el Yaguareté de bronce logró salvarse de los ladrones, pero se convirtió en el blanco preferido del vandalismo urbano. Sucesivos ataques con aerosoles, correctores y graffitis ensucian la estructura de forma recurrente, llegando al extremo de sufrir un intento de robo de su cola en el año 2023.
Un regalo de figuras públicas a la comunidad
Aquel acto de inauguración de 1935 fue encabezado por el entonces presidente municipal, Francisco Bertozzi, quien destacó el salto de calidad urbanístico que significaban las incorporaciones. Las obras llegaron al patrimonio de la ciudad gracias a las donaciones de dos reconocidos hombres públicos de la época:
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Leopoldo Melo (Donó el Yaguareté): Dirigente radical nacido en Diamante, quien fue legislador nacional, decano de la Facultad de Derecho de la UBA y Ministro del Interior.
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Pedro E. Martínez (Donó la Venus): Hacedor cultural oriundo de Concepción del Uruguay, docente de la Escuela Normal de Paraná, presidente de la Biblioteca Popular y fundador del Museo de Bellas Artes provincial que hoy lleva su nombre.
La réplica de mármol de Carrara de la Venus saliendo del baño —cuyo diseño original pertenece al maestro italiano Antonio Canova— se ubicó en la zona del Rosedal. Había sido esculpida por el artista florentino Pietro Bazzanti.
En tanto, el felino de bronce, obra del escultor argentino Emilio J. Sarniguet, vigilaba el río desde la Bajada de Izaguirre. Debido al riesgo de desmoronamiento de la barranca, en 2014 la pieza fue restaurada por el artista Raúl González y trasladada frente al Balneario Municipal. Sin embargo, el esfuerzo duró poco: pocas horas después de su relocalización, los vecinos madrugadores descubrieron que la estatua ya había sido atacada con pintura roja.
Esta preocupante falta de civismo local reabre el debate sobre la necesidad de que las escuelas públicas y las cátedras de artes visuales incluyan recorridas de concientización para valorar el patrimonio expuesto en las calles.
Resistencia como el espejo donde mirarse
La contracara perfecta a esta problemática se encuentra en la capital de Chaco, consagrada por ley nacional en 2006 como la Capital Nacional de las Esculturas. Allí, más de 600 obras conviven en la vía pública en un marco de absoluto respeto y orgullo comunitario.
El proceso chaqueño comenzó en la década de 1920 con monumentos colectivos y se consolidó en 1961 cuando el grupo de intelectuales “El Fogón de los Arrieros” impulsó un plan para transformar a Resistencia en una verdadera “Ciudad-Museo”. Con el paso del tiempo y gracias al posterior impulso de la Fundación Urunday, la valoración de las obras pasó de ser un mero recordatorio histórico a un sello de identidad urbana.
Hoy en día, las veredas y parques de Resistencia lucen piezas de firmas prestigiosas como Lucio Fontana, Luis Perlotti, Emilio Pettoruti y Gyula Kosice, entre muchísimos otros. Además, desde 1988 la ciudad celebra la Bienal Internacional de Esculturas, un evento donde artistas de todo el mundo esculpen a cielo abierto y ante los ojos del público. Al finalizar, las obras pasan a formar parte del mobiliario cotidiano de los vecinos.
El modelo chaqueño demuestra que cuando el arte se integra con la educación y la convivencia, los ciudadanos se transforman en los principales guardianes de su propio museo al aire libre; una lección que las costaneras entrerrianas todavía tienen pendiente aprender.
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