El 18 de mayo de 1889 nacía en nuestra Concepción del Uruguay una mujer destinada a sacudir los cimientos de la pedagogía tradicional con un impacto que resonaría en todo el continente: Gerarda Scolamieri.
Egresada como maestra en 1906 de la histórica Escuela Normal de nuestra ciudad, dio sus primeros pasos en las aulas de la Escuela Láinez Nº 8 de Caseros, en el departamento Uruguay. Sin embargo, su destino la llevó en 1912 a Buenos Aires. Allí, con apenas 23 años, asumió una trayectoria como docente y directora que se extendió por más de un cuarto de siglo en la Escuela N° 7 “República de México”, un establecimiento del barrio de Villa Santa Rita que, gracias a sus incansables gestiones, logró inaugurar el edificio propio donde funciona hasta el día de hoy.
Chicos autónomos y el arte como motor del aprendizaje
Scolamieri alineó sus convicciones con los principios de la Escuela Nueva (o Escuela Activa), una corriente reformadora de vanguardia inspirada en los postulados europeos de María Montessori y Friedrich Froebel. En Argentina, Gerarda reconoció como su mentora a Clotilde Guillén de Rezzano, compartiendo ideales con otras destacadas educadoras entrerrianas como Celia Ortíz de Montoya y Luz Vieira Méndez, además de las célebres hermanas Olga y Leticia Cossettini y el pedagogo Juan Mantovani. Juntos buscaron quebrar las estructuras rígidas del normalismo positivista de la época.
La verdadera revolución de Gerarda consistió en dinamitar la enseñanza unilateral, donde el maestro era el único depositario del saber y el alumno un receptor pasivo. Su reforma concedió autonomía a los chicos, motivándolos a buscar activamente el conocimiento.
Para sacarlos del encierro estático del pupitre, incorporó herramientas que para la época resultaban asombrosas:
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Teatro, títeres y recitales de música en vivo dentro de la escuela.
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Lectura cotidiana concebida estrictamente como una práctica placentera.
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Visitas guiadas a exposiciones artísticas y encuentros directos con creadores.
En 1918, cuando la cinematografía recién daba sus primeros pasos, Scolamieri llevó el cine a la escuela. Tras conseguir una máquina de proyección, organizó funciones semanales de media hora donde no solo participaban sus alumnos, sino que también invitaba a los chicos de las escuelas vecinas. Su carisma le permitió entablar amistad con el pintor Benito Quinquela Martín, quien dejó su huella plasmando el mural “Trabajo” en el patio interno del colegio, y convocó al célebre titiritero Javier Villafañe, quien con su carreta “La Andariega” enseñó a los chicos la magia de fabricar sus propios muñecos.
Diplomacia escolar y la hermandad latinoamericana
Gerarda entendía que los muros de la escuela debían ser permeables a la sociedad. Su gestión transformó las visitas de políticos, diplomáticos y artistas en verdaderas instancias de aprendizaje y solidaridad comunitaria, lejos de los fríos protocolos burocráticos.
A partir de 1922, cuando el Consejo Federal de Educación decidió bautizar a los colegios de la Capital Federal con nombres de naciones americanas, su establecimiento pasó a llamarse “República de México”. Scolamieri aprovechó la designación para profundizar un proyecto de correspondencia e intercambio cultural entre niños argentinos y mexicanos. Las crónicas institucionales de 1923 registran imponentes actos oficiales de reciprocidad, como el envío de una bandera argentina confeccionada en Buenos Aires para una escuela homónima en México. Esta proyección internacional le valió una invitación formal para visitar tierras aztecas, donde los movimientos locales compartían el mismo espíritu de vanguardia pedagógica.
Persecución política y jubilación forzada
El clima de libertad e innovación se cortó de golpe tras el quiebre institucional de 1943. El nuevo gobierno de facto instauró la obligatoriedad de la educación católica y canceló las experiencias de la Escuela Nueva, un movimiento que ya venía sufriendo el hostigamiento de los sectores conservadores durante la década previa.
Al igual que ocurrió con otras mentes brillantes de la pedagogía provincial, el pensamiento ideológico de Scolamieri fue el blanco perfecto para la censura. Sus posturas vinculadas a la izquierda y su participación activa en el Movimiento Comunista por la Paz fueron las excusas utilizadas para decretar su precipitada jubilación en 1944. El avance del nacionalismo católico y las tensiones del régimen con los colectivos feministas de la época terminaron marginando estos proyectos de vanguardia, una situación de asfixia que se mantendría en las escuelas estatales hasta principios de 1955, cuando la derogación de la enseñanza religiosa abrió una nueva etapa en el país.
El legado de una escuela de “niños felices”
Alejada obligatoriamente de la dirección, Gerarda se dedicó a volcar su inmensa experiencia en el papel. En 1946 publicó su obra cumbre: Vida y espíritu de una escuela, un testimonio donde resumió la esencia de su filosofía educativa:
“El niño es un trabajador incansable y, encauzada su actividad en las vías de lo agradable, se apasiona, se abstrae, se crea un mundo magnífico y provechoso. Mi escuela fue un taller en que trabajaban cantando niños felices”.
En sus escritos describía cómo los cuadernos de clase se poblaban de colores, dibujos y formas que acompañaban a la palabra, convencida de que el conocimiento real solo se consolida cuando los estudiantes “ven” y experimentan el mundo. También detallaba su método para iniciar a los más chicos en la apreciación musical, sentándolos muy cerca de los instrumentos para que, desde su asombro e inocencia, descubrieran instintivamente la belleza del sonido.
Gerarda Scolamieri falleció en Buenos Aires el 19 de enero de 1961. Su historia, nacida en Concepción del Uruguay, permanece como un faro fundamental para recordar que la escuela puede ser, ante todo, un espacio de libertad y felicidad compartida.
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